12 de Febrero 2008


TRENCH DIARIES 5

Llevábamos unos cuantos días de relativa paz. Los soldados enemigos habían desaparecido y estaban tardando más de la cuenta en reponerlos. No me decidí a tomar las trincheras enemigas por miedo a que fuese un movimiento del enemigo. Pese a eso, cada semana enviábamos a Alf, nuestro alien, a que fuese a buscar munición y alimentos. Y de paso le dejábamos que matase a cualquier cosa que se encontrase por delante.

Recibí un correo sellado del Alto Mando. Ante las noticias de que nuestros enemigos habían desaparecido estuvieron bien en otorgarnos unos días de vacaciones a toda la unidad. Lo que significaba que volveríamos a la ciudad. ¡A la ciudad!. Pensaba que no volvería a comer algo decente. Y además todos los soldados tenían ganas de comer comida asiática, porque no paraban de decir que en cuanto llegasen se irían a comerle a la china todo lo negro. Nunca he probado esa delicatesen, pero no me importaría ir a un restaurante chino, por una vez.

Parece que los chicos estaban hartos de verse las caras día tras día, y se fueron con otras compañías, porque en cuanto se bajaron del camión que nos trasladaba, corrieron a charlar con unas chicas que había apoyadas en unas esquinas cercanas a las Terminal de autobuses. No me considero un hombre desfasado, pero considero que esas señoritas iban muy poco vestidas. Incluso alguien podría confundirlas con unas simples rameras.

Decidí dar un paseo por la ciudad, para que la sensación me inundase y me reconfortase cuando tuviese que volver a las trincheras. Caminaba distraídamente mirando cada escaparate y observando a cada persona que me cruzaba. Solía ser gente corriendo o, como mucho, gritando, ante los bombardeos de los aviones enemigos y el derrumbamiento de algunos edificios.

Lo que me sorprendió más, y desgraciadamente, para peor, fue la cantidad de vagabundos que había. Parecía una convención de sintechos. Gimoteaban con que lo habían perdido todo y que no se qué de que habían violado a sus hijas y mujeres, ¡incluso alguien dijo que había sido por culpa de la guerra!. Le increpé que la guerra nos hacía mejores a todos. Nos curtía, y daba de comer a cientos de miles de personas entre soldados, técnicos y miembros de la Asocación Nacional del Rifle. Para acabar de rematar mi irrefutable discurso, decidí pegarle un tiro en la cabeza. Como después de eso, ningún vagabundo me respondió nada, me fui satisfecho ante mi insuperable dialéctica.

Me enteré días después, que mientras todo esto me sucedía, los hombres de mi unidad estaban empezando a volverse locos por una mujer. Era de raza asiática. Menuda y sexy. Y llevaba a todos los hombres a su Perdición. Que era el nombre del bar de la que ella era dueña. Un agradable bar de copas donde había decenas de chicas que te alegraban la vista y te daban conversación. Algunas de ellas luego te invitaban a sus habitaciones, ¡e incluso te cobraban por el sexo!. Al parecer era un puticlub. Nunca me lo hubiese imaginado.

Pues durante los días que estuvimos allí, Roger y Coleman estuvieron disputándose el amor de esa chinita menuda que se llamaba Chun-Li. El amor de ellos era tan intenso, que ninguno de los dos quería acostarse con ella, para no mancillarla. Y me parece muy bien, por cierto. Sobretodo, teniendo en cuenta, que la chica estaba muy enferma. Padecía una cosa que se llamaba Gonorrea, y que al parecer es muy, muy molesta.

A parte de ese detalle, la tensión entre los dos se volvió tal, que organizó a los chicos en dos bandos. Se reunieron en una antigua pista de baloncesto callejero que había detrás de unos edificios, al atardecer. Lo curioso, según me contaron después, es que en lugar de ahostiarse, se pusieron a cantar y a bailar hip-hop. Me hubiese gustado verlo, admito. Al final ganó la pelea/baile Roger. Y su rival se fue a llorar y a cantar a una esquina.

Después de un par de horas de paseo, vi una heladería que, pese a estar medio destrozada, seguía en funcionamiento. Sólo había una dos parejitas sentadas, y la camarera llevaba un casco del ejército. Después de pedirle un “Banana Split”, bajé a los baños que estaban en el sótano. Mientras estaba haciendo mis necesidades, escuché un tremendo estruendo ahí arriba.

Al parecer, un misil había atravesado la ventana de la heladería y había desintegrado toda forma viviente. Incluyendo mi helado, que me había salido especialmente caro para ser un puto helado de plátano con nata. Pero un hombre de mi rango no puede llorar durante mucho tiempo, así que me recompuse y volví a esperar el camión para que nos llevaran los chicos. Tendría que conformarme con el helado que hacen en las trincheras. Aunque nunca me he fiado de la nata que usa Roger para hacerme el “Banana Split”. Ni del plátano, ya puestos.

Un beso.

Escrito por Jake|12 de Febrero 2008 a las 11:34 AM|


Comentarios

Excelente! Dentro de unos años voy a comprar Trench Diaries en versión libro.

El Replicante es Zim|12 de Febrero 2008 a las 10:14 PM

¿De qué guindo dices que se ha caído este patriota sin madurar????
ah, no. Perdona. Que será de los USA.
Pura cepa.

juas juas juas juas juas juas juas juas..........

El Replicante es Ispilatze todavía|13 de Febrero 2008 a las 03:02 AM

ZIM: Ojalá.

ISPILAZTE: ¿Cuál de ellos es el patriota sin madurar? Creo que hay muchos.

El Replicante es Jake|13 de Febrero 2008 a las 11:49 AM

"[...]mi insuperable dialéctica" jajajajaja, a ver quién le discute.

Muy bueno y estoy con Zim.

El Replicante es Inagotable|24 de Marzo 2008 a las 10:53 PM

Algún día, alguna editorial apostará por Trench Diaries... y la cagará estrepitosamente. Pero crucemos los dedos.

El Replicante es Jake|25 de Marzo 2008 a las 12:19 PM


¡Al ataque!










¿Debo recordarte?